La tecnología puede reducir costos, pero no elimina la vulnerabilidad
La tecnología puede transformar la manera en que las familias reciben y utilizan las remesas. Sin embargo, digitalizar el envío no garantiza, por sí solo, inclusión financiera ni desarrollo.
por: César Ríos
Director de Asociación Agenda Migrante El Salvador (AAMES)
Una transferencia puede llegar a una cuenta o billetera electrónica y ser retirada completamente en efectivo pocos minutos después. En ese caso, cambió el canal, pero no necesariamente la capacidad del hogar para enfrentar una emergencia o una reducción futura de sus ingresos.
El verdadero objetivo debe ser utilizar la digitalización para reducir la vulnerabilidad y fortalecer la resiliencia de las familias y comunidades rurales dependientes de remesas.
La reducción de costos sí importa
La primera ventaja es económica. Según el Banco Mundial, durante el primer trimestre de 2025 el costo promedio mundial de una remesa digital fue de 4.85%, frente a 7.16% en los servicios no digitales.
Los operadores exclusivamente digitales llegaron a registrar un costo promedio de 3.55%. Aunque todavía se está lejos de la meta de los Objetivos de Desarrollo Sostenible —reducir los costos a menos del 3%—, la diferencia demuestra que la tecnología puede dejar más dinero en manos de las familias receptoras.

El verdadero valor está en construir un historial financiero
Pero el ahorro en comisiones es apenas el comienzo. La digitalización también puede generar un registro verificable de ingresos recurrentes.
Ese historial permitiría que una cooperativa, caja rural, institución microfinanciera o banco conozca mejor la capacidad económica de una familia que, aunque no tenga un salario formal, recibe periódicamente recursos del exterior.
Este historial no debería utilizarse para promover el sobreendeudamiento. Debe servir para diseñar productos adecuados: cuentas de ahorro sin cobros excesivos, créditos pequeños para actividades productivas, seguros de salud, vida, cosecha o vivienda y mecanismos de pago que funcionen en territorios rurales.
El crédito tendría que evaluarse por la viabilidad de la actividad financiada y no únicamente por el monto de remesas recibido.
La educación financiera sigue siendo indispensable
La tecnología es buena, pero debe estar acompañada de educación financiera. No basta con enseñar a utilizar una aplicación.
La educación debe ayudar a las familias a elaborar presupuestos, distinguir gastos indispensables de gastos postergables, comparar costos, reconocer fraudes, proteger contraseñas y decidir cuánto pueden ahorrar, invertir o asegurar.
También debe involucrar al remitente. Muchas decisiones sobre el destino de las remesas se toman de manera compartida entre quien envía y quien recibe.
Por ello, los programas deberían trabajar simultáneamente con las familias en El Salvador y con la diáspora en Estados Unidos. Una conversación familiar bien orientada puede acordar, por ejemplo, que una pequeña proporción de cada transferencia se deposite automáticamente en un fondo para emergencias.
Ahorrar poco también construye resiliencia
La construcción de resiliencia no exige retirar grandes cantidades del consumo cotidiano. Las remesas cumplen primero una función esencial: alimentación, salud, vivienda y educación.
El desafío es incorporar mecanismos flexibles.
Puede parecer poco, pero representa una primera protección frente a una enfermedad, la pérdida de una cosecha o la interrupción temporal del envío.
Una agenda para convertir las remesas en resiliencia
Sobre esta base pueden impulsarse acciones concretas:
- Crear cuentas simplificadas para receptores de remesas, sin saldo mínimo y con costos transparentes.
- Incorporar opciones voluntarias de ahorro automático por monto o porcentaje, sin bloquear el acceso al dinero.
- Diseñar microseguros asequibles para salud, vida, vivienda, producción agropecuaria y riesgos climáticos.
- Utilizar el historial de remesas como información complementaria para créditos productivos responsables, no como garantía para promover consumo endeudado.
- Establecer redes de agentes financieros confiables en comunidades rurales, porque una aplicación es insuficiente donde existen problemas de conectividad o escasa presencia institucional.
- Desarrollar programas de educación financiera y digital para receptores y remitentes, con atención especial a mujeres, personas mayores y jóvenes.
- Crear mecanismos sencillos para que la diáspora pueda invertir conjuntamente con sus familias en producción agrícola, comercio, turismo rural, transformación de alimentos y otros emprendimientos territoriales.
La protección del usuario también forma parte de la inclusión financiera
Estas acciones requieren protección al usuario. Las instituciones deben informar claramente comisiones, tasas de interés y condiciones de los seguros; establecer procedimientos rápidos para denunciar fraudes; proteger los datos personales y garantizar alternativas para quienes no utilizan teléfonos inteligentes.
La digitalización no debe convertirse en una nueva forma de exclusión.
Lo que plantea el FIDA
El FIDA sostiene que, cuando las remesas se conectan con ahorro, crédito, seguros, educación financiera e inversión, pueden ayudar a las familias rurales a adaptarse a riesgos económicos y climáticos.
Su iniciativa ResilientRemit coloca precisamente la digitalización y la alfabetización financiera como instrumentos para fortalecer la resiliencia, especialmente entre mujeres y jóvenes.
El Salvador dispone de información para actuar
El Salvador cuenta con una ventaja importante: el Banco Central ya recopila información sobre remesas por tipo de transferencia, pagador final, destino geográfico, modalidad de cobro y billeteras digitales.
Esa información debería convertirse en una herramienta para identificar territorios con elevada dependencia y diseñar intervenciones diferenciadas.
Una política pública para transformar las remesas
La meta no es obligar a las familias a convertir las remesas en inversión ni trasladarles toda la responsabilidad de su desarrollo.
El Estado, las municipalidades y el sistema financiero deben crear las condiciones.
La meta es que cada transferencia pueda dejar algo más que consumo inmediato: un ahorro, una protección, un activo, una capacidad productiva o una nueva oportunidad.