El ambicioso plan del presidente estadounidense, Donald Trump, para revitalizar la industria petrolera de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro se enfrenta a una combinación de retos técnicos, financieros y políticos que dificultan recuperar los niveles históricos de producción.
Venezuela pasó de producir 3 millones de barriles diarios antes del chavismo a solo 1 millón actualmente, afectada por corrupción, falta de mantenimiento y sanciones estadounidenses. Incluso Chevron, la única petrolera estadounidense con operaciones en el país, mantiene mínimos procedimientos operativos tras las restricciones de Washington.
Trump anunció reuniones con compañías petroleras y prometió inversiones de al menos 100.000 millones de dólares, con el objetivo de aprovechar las reservas recuperables estimadas en más de 600.000 millones de barriles, principalmente en la Faja del Orinoco.
Expertos advierten que los objetivos son poco realistas sin abordar problemas estructurales como el colapso del sector eléctrico, la seguridad de las inversiones, la gobernanza del país y la incertidumbre política. Según el economista Gustavo García, para aumentar la producción se requiere financiación de organismos multilaterales como el FMI, Banco Mundial o BID.
Analistas como Luisa Palacios consideran viable alcanzar 1,5 millones de barriles diarios sin inversiones masivas, pero para superar esa cifra se necesita una transición de la fase de “estabilización” que lidera Trump a una de “recuperación”, que incluya fortalecer el estado de derecho y la seguridad.
Además, expertos como Francisco Monaldi señalan que la venta de nuevos volúmenes de crudo enfrenta desafíos en el mercado global, dado el precio actual del barril y la necesidad de competir sin descuentos previos aplicados a Irán, Rusia o China.
En síntesis, el plan de Trump para el petróleo venezolano es ambicioso pero complejo, y dependerá de resolver infraestructura, gobernanza, seguridad y acceso al mercado para que la recuperación de la industria sea sostenible.