El 13 de enero de 2001, a las 11:33 de la mañana, El Salvador vivió uno de los desastres naturales más devastadores de su historia reciente: un terremoto de magnitud 7.7 que sacudió toda la cadena volcánica del país durante aproximadamente 45 segundos, dejando secuelas que perduran hasta hoy.
El epicentro se ubicó a 18 kilómetros de la costa de Usulután, con una profundidad de 60 kilómetros, y afectó 11 de los 14 departamentos. Las consecuencias fueron dramáticas: 944 fallecidos, más de 5,500 lesionados, alrededor de 2,000 desaparecidos, más de un millón de damnificados y cerca de 100,000 viviendas dañadas o destruidas. También resultaron afectados hospitales, carreteras, iglesias y centros comunitarios.
En el barrio Las Colinas de Santa Tecla, el sismo no solo dañó estructuras, sino que borró una colonia completa del mapa. Minutos después del terremoto, una sección de la cordillera del Bálsamo se deslizó cuesta abajo, arrastrando tierra, rocas y árboles sobre más de 300 viviendas. Muchas familias quedaron atrapadas realizando actividades cotidianas sin posibilidad de escapar.
Las labores de rescate se prolongaron durante días en condiciones extremas. Socorristas, voluntarios y soldados trabajaron con maquinaria pesada y con las manos, enfrentando el riesgo de nuevos deslizamientos. Se estima que aproximadamente 500 personas murieron solo en Las Colinas, convirtiéndose en el epicentro de la tragedia. Muchas víctimas nunca pudieron ser identificadas. Finalmente, el Ministerio de Obras Públicas declaró la zona inhabitable y el área fue abandonada, aunque años después se ha ido ocupando parcialmente.
Comasagua, también en La Libertad, sufrió destrucción masiva de viviendas, carreteras y la iglesia del municipio, afectando gravemente la economía local. Como parte de la recuperación, se construyó la colonia Venezuela, financiada y apoyada por el Gobierno venezolano. El Ejército de Venezuela colaboró en la edificación de nuevas viviendas y de la iglesia, símbolo de la cooperación internacional ante la emergencia.
Uno de los principales centros de atención fue el refugio de El Cafetalón en Santa Tecla, que acogió a más de 10,000 personas, principalmente mujeres y niños. El Ejército salvadoreño instaló tiendas de campaña y brigadas de salud realizaron fumigaciones y quemas de pertenencias para prevenir brotes epidémicos, mientras que autoridades sanitarias advertían del riesgo de enfermedades en zonas como Las Colinas, donde cuerpos permanecieron días bajo escombros.
La magnitud del desastre movilizó asistencia global:
- Equipos de rescate japoneses en Santa Tecla.
- Soldados venezolanos en Comasagua para reconstrucción y ayuda humanitaria.
- Ejército mexicano entregando alimentos en El Cafetalón.
- Médicos franceses especializados en emergencias.
- Voluntarios locales, boy scouts y organizaciones civiles colaborando en atención a damnificados.
El terremoto también afectó Santa Ana, donde colapsó la iglesia El Calvario, y otros municipios como Tepecoyo, San Agustín y Armenia, donde carreteras, iglesias y viviendas quedaron completamente destruidas.
Décadas después, el 13 de enero sigue siendo recordado en El Salvador como un día de dolor, solidaridad y resiliencia, marcado por la memoria de los miles de afectados y por la reconstrucción que transformó la cordillera del Bálsamo y varias comunidades del país.