Sin saberlo, los pacientes de todo el mundo se convierten en conejitos de indias de estas nuevas tecnologías médicas.

/Foto ITV El Salvador 

Desde Ámsterdam, Seúl y Lima, hasta la pequeña ciudad estadounidense de Hiawassee, Georgia, los implantes médicos enferman, mutilan y matan a las personas para las que fueron diseñados.

Las autoridades sanitarias de todo el mundo no protegen a millones de pacientes de implantes que fueron probados correctamente, pero que pueden perforar órganos,  provocar descargas eléctricas al corazón, pudrir los huesos y envenenar la sangre, entre otros daños.

Pese a que las instancias reguladoras, la industria y los médicos afirmaban que eran seguros, los dispositivos médicos que se rompieron, fallaron o funcionaron defectuosamente se vincularon oficialmente a 83,000 muertes y a 1.7 millones de lesiones durante la última década, según el trabajo realizado por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, en inglés) en base a la recopilación y el análisis de 8 millones de registros médicos de la base MAUDE de la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA).

El trabajo colaborativo mundial fue bautizado The Implant Files.

A esos números hay que sumarle medio millón de nuevas cirugías para extraer un dispositivo luego de que se produjera un «incidente adverso» que pusiera en peligro la vida del paciente.

Los gobiernos imponen estándares de seguridad más bajos a los complejos implantes médicos que a los nuevos medicamentos más simples. Los dispositivos defectuosos permanecen en el mercado a pesar de contar con fallas. En un sistema global sin restricciones que factura $4,000 millones de dólares por año. Las compañías fabricantes de dispositivos retiran los implantes del mercado en algunos países mientras continúan vendiéndolos en otros; cuando surgen problemas, las autoridades suelen carecer de un sistema para alertar a médicos y pacientes.

Sin saberlo, los pacientes de todo el mundo se convierten en conejitos de indias de estas nuevas tecnologías médicas.

En Estados Unidos, Charlissa Dawn Boyce, de 27 años de edad, murió después de que un desfibrilador marca St. Jude Medical, cuyo implante recibió aunque luego fue retirado del mercado por presentar problemas con la batería, no logró devolverle el ritmo a su corazón, según afirma su familia en una demanda. Casi 350,000 dispositivos fueron implantados en todo el mundo antes de ser retirados masivamente del mercado en 2016 por contar con baterías defectuosas.

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